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Abrir los ojos del perro

2017-01-10 - Cuento Largo

Abrir los ojos del perro

Buscando qué hacer mientras no hacía nada, salí y me di un aire con el aire de los carros y de los cigarros. Propulsé todo lo que se llama emociones y más cosas y me puse a pensar. Se me ocurrió que ya había contado muchas veces el mismo cuento pero nunca la misma versión, hasta en inglés mal hablado. No es que me parezca una necesidad contarlo pero sí creo que eso que se volvió tan normal, fue algo paranormal —lo “para” debe ser por la paradoja, o por la paranoia—. Ese cuento me hizo un hueco en la cabeza y me dejó ahí unos huevos de araña que se rompen por temporadas, para acordarme  de que …

Desde que empecé a sentirme agobiado por lo inesperado empecé también a pensar cosas cuando estaba en el baño, en la ducha. Ponía los altavoces del computador con las guitarras de Giraffes? Giraffes! y me duchaba con la puerta abierta. Un día de esos, mientras me echaba el shampoo, cerré los ojos —como acto normal que cada quien hace para protegerse—, y luego sentí que el tiempo se aligeró, sentí que sin luz se había hecho instantánea la presencia de un cuerpo informe, de una silueta peluda, sin rostro ni expresión. Un cuerpo que ocupaba el espacio que quedaba en la ducha. No abrí los ojos en varios minutos por no querer encontrarla ahí mismo, de la misma forma y para destilarme del susto. No pude entonces hacer más que mortificarme pensando en el miedo, en la angustia, en lo que me había hecho un hueco esa vez que un alma distinta y especial, había sido una materia cargada de odio y humillación. Esa vez en la que siendo un recluta en el monte, una bruja había asustado a todo un pelotón de soldados.

La historia no puede ser larga, pues aparte de tener varias versiones, los hechos están marcados y cargados por nueve años de memoria.

A vuelo de pájaro viene a mí la imagen de un entorno grisáceo-azul, el que se da siempre con la caída de la tarde, cuando se da la orden de los dioses para hacer salir a sus habitantes; a los de la noche, los que hacen que todo tenga vida sin moverse. Subíamos por una colina sin nombre y por unas tierras de nadie —pensábamos—. La noche cayó encima de la tarde y la aplastó poniendo todo oscuro e impredecible. A nuestro paso encontramos un lote abandonado, unas paredes en obra gris, tejas inmensas y gruesas, sin puertas en ninguna parte. Entraron conmigo unos dieciséis soldados hablando mierda, hablando fuerte y unos hasta fumando. Buscaron como ratones espacios donde pudieran acostarse, ocupando un sitio que estaba oculto entre las alturas, en la punta de un cerro mediano y sin más nada alrededor, con vida solo a media hora de camino. Acomodados entre el suelo y los aislantes, los soldados dormían o hacían que hacían  algo. Algunos robaban comida de los víveres y otros fumaban en la ventanas sin marco. Otros, claro, tenían que prestar guardia e intentar ser valientes, de todas formas de eso dependía el resto del pelotón.

En esas, un soldado negro encendió un cigarro y fue al puesto donde estaba el guardia, le ofreció otro y fumaron mientras la noche se iba apoderando hasta de los sonidos, las luces de casas lejanas se veían pero no llegaban; sólo la luna alumbraba el cerro. Hablando de esto y lo otro, sin pensar ni siquiera en un suspiro, sentados hacia lo oscuro, vieron aparecer una materia irregular de colores opacos que se inventó sola desde dentro de matorrales cercanos; emergió luego en una voz de un tono demasiado agudo y toda la energía se cargó de un solo espíritu. El estruendo de una risa impronunciable, imposible de reproducir, estalló y el ente se lanzó de frente hacia los soldados.

—¡Mi sargento! ¡Mi sargento! ¡Una bruja!

Corrieron y se estrellaron ambos con una puerta improvisada de telas, repitiendo fatigados que había una bruja, que ellos la habían visto y que se les había reído en la cara. El sargento los escuchaba y veía sin verlos y sin escucharlos, sólo había escuchado la risa zumbona y se había precipitado en la quietud. Se tiró a encender el radio de la tropa y a hacer una llamada personal, haciendo cosas con códigos y otros trucos. Al otro lado, una voz de mujer saludó con amabilidad al sargento.

—Hola Mosquera, ¿cómo está?

—Bien mujer, gracias. No quiero molestarla, pero pasó algo y quería consultarla. ¿Le puedo contar?

—Adelante.

A la luz de una sola linterna de bombillo amarillo, el sargento contó todo lo que había sucedido, añadiendo dos cosas que no todos sabíamos. Uno, que en el espacio más grande había algunas manchas negras similares a un manchón de manos; y dos, algo parecido a una mancha de pintura seca en uno de los cuartos. La mujer se tomó un corto tiempo en comunicarse y desde ahí todo empezó a tener un sentido que no había tenido sentido antes.

—Sargento, le cuento. Ustedes están en un sitio donde mataron a una mujer, y fue una muerte trágica y violenta por lo que veo. Algo con armas, parece. El espíritu de la persona que murió ahí se siente ofendida porque ustedes llevan armas.

—Mierda. ¿Y qué se puede hacer?

–Póngame atención. Usted sabe que yo no soy bruja sino que trabajo con los ángeles, ellos son los que me cuentan y me están contando lo que pasa allá. Como yo se que ustedes no pueden dejar sus armas por ahí, por lo menos traten de dejarlas en un solo lado, para que el espíritu pueda ver que ustedes no las van a usar. Luego, si tiene sal, rieguela alrededor de toda la casa. Haga un círculo con la sal; después, en la puerta, ponga unas tijeras en cruz. Con eso el espíritu ya no los va a molestar, o por lo menos no va a entrar. Si pasa algo me llama.

El sargento colgó y se sirvió de su mando para que trajeran la sal, enviando a otro a que hiciera lo que había dicho la mujer. Dos soldados salieron al instante y recorrieron la casa con la sal, uno cuidaba de que no hubiera nada —así no hubiera podido hacer mucho si aparecía algo— y el otro iba regando. La tijeras en cruz apuntaban a la oscuridad y cerraban el rito que nos pretendía salvar. Pasaron casi veinte minutos y de la nada cayeron piedras sobre las tejas; lo que fuera que estuviera haciéndolo podría tener más brazos que un cuerpo humano. Caían terrones de tierra como si fueran las gotas de lluvia del fin del mundo. Dejaba de hacerlo por minutos, esperando quizá a que creciera el miedo, y lo seguía haciendo. Con decisión y verdadera valentía, un soldado antiguo salió al paso del ataque, haciendo luego lo que le decía la tradición y la intuición,  gritando:

—¡Vaya y píquese el culo bruja hijueputa!¡Venga mañana cuando se levante el ranchero!

Cada uno pasó una noche indigna, una noche de perros. Lo que terminó por quitarnos el sueño definitivamente fue un animal que había estado con nosotros, un perro. Se había sumado al pelotón desde antes de llegar, y luego había desaparecido, mientras la bruja apareció. Después de eso volvió y espantosamente en los ojos  no reflejaba la luz de la linterna con que le apuntaban; así como tampoco se atrevió a pasar del círculo de sal que estaba en la puerta, sin atreverse a intentarlo durante toda la noche, dejándonos a todos en esa incómoda espera; tampoco se movió y miraba de frente. Cuando el cocinero de turno se levantó a poner las ollas para el desayuno, yo podría decir —pues estaba ahí—, que fue como si una avioneta aterrizara en el techo y en la caída rebotara dos veces haciendo temblar todo el cerro que nos sostenía. La bruja había vuelto.

Del espanto abrí los ojos de golpe. Vi luces y formas de colores, formadas por estar tanto tiempo a oscuras, pero no vi el blanco de la baldosa del baño; parpadeé y me deslumbró un brillo, aún así, seguí viendo oscuro. En un parpadeo, sin tiempo ni para un suspiro, abrí los ojos y vi todo claro, vi a unos soldados alumbrándome al cuerpo, mientras yo estaba sentado, complacido por una mano que ellos no vieron y que se deslizaba por mi lomo.

—Mi sargento, el perro está con la bruja.

 

Escrito por: Luan Fered
Track: Unto ashes – Witches’ Runes
Imagen de: Christine und David Schmitt

CC BY-NC 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

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