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Lado A #1 – Érase una vez en un bar

2017-01-28 - Cuento Largo

Lado A #1 – Érase una vez en un bar

Bastaba mirarla fijamente para sentir cómo el suelo se movía. Era como si el lugar temblara para seguir su ritmo. A lo mejor fue el trago en mi sangre, tal vez el humo de los cigarros que llegaba desde la entrada y se colaba por debajo de la puerta. Tal vez fueron las luces intermitentes o todo a la vez en una especie de sobredosis sensorial.

No recuerdo a qué hora empezó todo. Soy malo para los detalles. Recuerdo que el lugar apenas había abierto y que yo, fastidiado del trabajo y sin ganas de regresar a casa, buscaba un refugio. No tenía cita con nadie, no quería ver rostros conocidos. Sólo quería resetear mis sesos.

Me senté en la barra y tras el saludo del barman, pedí una cerveza. El tipo prendió la tele. Nada interesante para ver. Tomé un primer sorbo y con el aburrimiento hablando por mí, miré al barman. El tipo me sonrió, tomó el control y apagó el T.V.

Tras unos segundos, tomó otro control y de pronto una canción empezó a sonar por todo el lugar. El segundo sorbo fue más agradable. El barman se percató y dejó el control bajo una mesa. Después, empezó a encender las velas que decoraban cada mesa. Era un espectáculo ver cómo, poco a poco, la luz artificial iba siendo engullida por la oscuridad para darle lugar a las luces diminutas de las velas. Era algo que no veía todos los días. Me invadió una repentina calma, tomé mi vaso y me senté en una mesa cerca a la barra.

Con los minutos el sitio se empezó a llenar. Mientras yo jugaba a hacer bailar la llama de la vela en mi mesa, llegaban parejas, grupos de gente y a mí me valía una mierda estar solo. Miraba cómo un pequeño fuego danzaba al ritmo de mi aliento tóxico-post-trabajo. De repente, un rato después de haber pedido una cuarta cerveza, en el momento justo en que la mesera iba a tomar el vaso para servir, una chica se tropezó y la golpeó con su cadera por detrás. Afortunadamente para mí, ni una gota de licor fue derramada.  

No la detallé mucho, reparé únicamente en su vestido rojo decorado con círculos blancos que le llegaba a unos centímetros más arriba de las rodillas. La mesera, sintiéndose culpable por el suceso, me ofreció una excusa a la cual yo respondí con una sonrisa. —No te preocupes, querida. No hubo víctimas —respondí y bebí un primer sorbo de aquel vaso.

Recordé que tenía unos cigarros entre mi pantalón y saqué uno. Se lo ofrecí al fuego bailarín e inmediatamente el cigarro fue besado. No sé por qué pensé en ella mientras el humo iba huyendo hacia el techo. Ni siquiera había visto su rostro. —Chico, acá no puedes fumar —me dijo seriamente la mesera.

Apagué el cigarro tras arrojarlo al suelo y un D.J hizo su acto de aparación. Luces de colores empezaron a surcar las paredes del lugar y las sombras que estaban alrededor de las mesas se teletransportaron al centro del bar. En serio, cerré los ojos por medio segundo y el único que estaba sentado era yo. Terminé mi cerveza e hice una seña a la mesera. Quería más.

Con la noción del tiempo perdida y sin afán por encontrarla, me quedé mirando al sitio donde todos estaban. Las chicas maquilladas con sus minifaldas, los hombres perfumados moviendo sutilmente sus manos buscando de donde sostenerse  y uno que otro tipo de pie casi estático en la periferia de aquel mar de gente con un vaso de licor en la mano. Me resultó divertido pensar en lo siguiente que pudiera pasar.

Tomé medio vaso de un solo sorbo y justo cuando estaba por terminar una canción cuyo nombre no recuerdo, la vi, y a su lado unos tipos echando suertes para ver quién iniciaba con la conquista. Sospeché que algo entretenido iba a ocurrir.

El de la iniciativa fue un tipo con chaqueta negra de cuero, camiseta blanca, jean roto,  unos converse y cuyo pelo estaba adornado con unas gafas oscuras. Me miré y hasta el momento no había reparado en mi aspecto. La corbata chueca, la camisa por fuera y el pelo despeinado. Ojeras grandes, cansancio en el cuerpo y una actitud de me-importa-una-mierda-el-mundo.

Ella, con los brazos estirados hacia arriba, movía su cadera. Cerraba de cuando en cuando los ojos y parecía ignorar al sujeto que a su lado se movía torpemente. Sonreía a veces, daba vueltas, se agachaba, movía su trasero, se enderazaba de nuevo y parecía seducir a unas chicas a su lado con sus movimientos. Él, tratando de seguir su paso, no sabía qué hacer con sus manos. No se atrevía a tocarla, sólo movía sus labios convencido de que ella lo estaba escuchando. Ellas reían. Yo también. Él no y se fue. Se hizo sombra.

Por un momento hubo una pausa sonora. Fue extraño, creo que el único que la percibió fui yo. Un raro silencio invadió el lugar por unos segundos y mientras yo buscaba una posible explicación, la encontré a ella en el centro de la pista. Casualmente sola. Sin nadie alrededor suyo. Bailando. Moviéndose al ritmo de alguna tonada. No sé cómo, no sé por qué; pero luego no pude mirar a nadie más. Creo que de alguna forma, me había cautivado.

Un segundo sujeto apareció a su lado. Sin previo aviso la tomó de un brazo y la acercó a su cuerpo. La tomó por la cintura con una mano mientras que con la otra empezó a recorrer su espalda. Ella, sin prisa alguna siguió su juego. Dejó que esas manos recorrieran sus hombros y la frontera entre sus nalgas y su cintura. Cuando aquel osado ingenuo osó cruzarla sin pasaporte…hasta a mí me dolió aquel rodillazo. Vi cómo ella sonreía orgullosa.

Continuó la música, continuaron sus pasos. Me resultaba fascinante ver cómo se dejaba llevar por la música. Sus movimientos parecían ser indomables por alguna razón. Supongo que simplemente quería bailar. Nada más. Cuando alzaba sus brazos y movía sus muñecas, para mí, estaba invocando una clase de manto etéreo que la escondiera ante la vista de todos. Pero yo la seguía viendo. Creo que sonreí como un tarado cuando pensé en eso.

Entonces, un tercero entró a la pista, se acercó a ella y haciéndole una seña le pidió acercarse. Ella, sin detener su cadera, lo miró fijamente por un rato, pareció sonreírle y se dirigió a él. Posó sus manos sobre sus hombros, frotó su busto contra su espalda, bajó una de sus manos por el pecho, después por el abdomen hasta llegar a la ingle. Luego, acercó sus labios a los de él y él, sorprendido, sin saber cómo reaccionar, la alejó torpemente. Ella volvió a reír y yo a pedir otra cerveza.

No suelo emborracharme solo, pero aquella vez sí que valió la pena. Cada sorbo tratando de seguir el ritmo de su cadera, cada cerveza pedida cuando el D.J cambiaba de canción, cada hombre… caído en la pista de baile. Cada vez que me perdía entre el rojo de su vestido, cada vez que reparaba en las sombras a su alrededor. cada vez que veía la llama de la vela moverse. Cada vez que la camarera iba, cada vez que regresaba, cada vez que el barman servía un trago, cada vez que lavaba un vaso. Cada vez que yo mandaba a la mierda el mundo fuera de este sitio… cada segundo valió la pena esa noche.

Lado B – Clem Sin Oxígeno
Track: Martin Jensen – Solo Dance
DJ: El Cuentorio

CC BY-NC 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

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