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Amores imperfectos

2017-04-08 - Cuento Largo

Amores imperfectos

La enamoró como los hombres mayores enamoran a las mujeres en la flor de su juventud, con palabras paternalistas que sacan a relucir lo que hoy llamamos daddy issues, pero eso a ella no le importó, nunca analizó nada al respecto, ni fue al psicólogo como muchos recomendaron; ella se dejó llevar, se dejó enamorar y no le importaron los comentarios de sus amigas hacia las canas de su amado. Para ella, eso era lo que lo hacía especial, eran símbolo de su experiencia, de las aventuras vividas a lo largo de sus 56 años.

Claro que él tenía familia, ¿qué hombre de más de 50 no tiene?

Estaba casado con una hermosa mujer de 54 años, era inteligente, de buenos modales, casi perfecta, probablemente lo era y no lo decía, entonces ¿por qué la engañaba? Porque él no era perfecto, era inteligente, atractivo, pero también era un soñador que no estaba dispuesto a resignarse a vivir una vida de simple esposo y padre. Antes de ser eso, había sido un hombre, un hombre feliz, uno con sueños, sueños que había pausado a los 26 años, justo el día que vio nacer a su hija Laura, dos años mayor que Sara, la joven de cabello rizado que hasta el día de su muerte llamó “el amor de su vida”.

Se conocieron en una conferencia de letras hispanoamericanas. Él no paró de hacerla reír con sus ocurrencias, no paraba de decir que el conferencista que hablaba no era más que un muchacho que estaba plagiando a su padre, el profesor más famoso de la Universidad Nacional Autónoma de México, Enrique Hernández.

—¿Cree que podría hacerlo mejor?

—No me hables de usted, me haces sentir viejo.

—Pues joven no eres, ¿cuántos años tienes?

—2000 más que tú.

—Entonces no deberías sentirte mal, hablar de usted, aunque impersonal, también es una forma de demostrar respeto.

—Entonces ¿me respetas?

—En efecto.

—Pero no me conoces.

—Entonces conozcámonos. 

—Mucho gusto, Enrique Hernández —dijo extendiendo su mano para estrecharla.

Sara quedó enamorada en ese preciso momento, y bastaron tres horas platicando de todo y de nada para que él cayera en ese mismo estado.

Dicen que la honestidad es la base de cualquier relación y desde el inicio él habló con la verdad, era casado, amaba a sus dos hijos, sabía que su matrimonio había terminado desde hacía un par de años, pero sentía un cariño especial por su mujer que le impedía dejarla.

—Nunca me pidas dejarla.

—Nunca lo haría.

—No creas que la amo más que a ti.

—No me había pasado por la cabeza.

—¿Por qué eres tan madura?

—No estoy ni cerca de serlo, soy muy tonta y me conformo con tan poco.

—¿Crees que es poco lo que te doy?

—Creo que podrías darme más, pero con lo que tengo soy feliz, una tonta muy feliz.

—Pues tienes mi corazón y mis pensamientos.

Pero ¿con eso bastaba? Claro que no, por más fuerte que uno se crea, siempre dolerá el amor a medias, pero eso, evidentemente, ella no lo sabía, o no quería saberlo, así son las universitarias inteligentes, se hacen las fuertes, sin embargo, entre más sabe uno más duele todo.

—Compadre, te estás metiendo en líos.

—¿De qué hablas?

—No te hagas, te conozco desde que eras un inmaduro que se pinteaba las clases para irse a fumar detrás de salones de la facultad, déjala antes de que todo explote.

—¿A cuál de las dos?

—Siempre has sido un cabrón —le dijo mientras chocaban sus vasos en el bar que solían frecuentar después del trabajo.

Así como canción de trova, Sara había llegado tarde a su vida, pero él no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de amar, era un hombre de letras, y las letras a veces a uno lo vuelven loco.

—Ay, china, ya déjame, búscate un buen hombre que pueda estar contigo por completo.

—¿Eso quieres?

—No.

—Entonces no digas estupideces y quiéreme, como quieras, como puedas, pero sobre todo, déjame quererte.

Nunca se supo si esta relación les causó más alegrías que penas, nunca se armaron de valor para preguntárselo de frente, prefirieron besarse como los enamorados se besan, de a poquito y con fuerza, prefirieron tener charlas con sentido hasta el amanecer e inventarse caricias nuevas cada atardecer. Porque así sucede, cuando llega el amor a nuestras vidas, por más imperfecto que sea, al final es amor, y el amor no se puede dejar pasar así de fácil.

Escrito por: Ventana Variable
Track: Derek and the Dominos – Have You Ever Loved a Woman
Imagen de: Stewart Cutler

CC BY-NC 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

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